El comisario Arnau Anglesola del Cuerpo Nacional de Policía puso cara de: “Me están tomando el pelo”, pero prefirió seguirles el juego a aquellos dos tipos, dado que todavía estaba medio aturdido por el golpe que acababa de darse en la cabeza. El hecho de abrir los ojos y hallarse en el Londres de la época victoriana era algo que jamás se le hubiera pasado por la imaginación. Tampoco es que lo estuviera disfrutando, pero le parecía ingenioso.
Estic delirant segur!
En uno de los bolsillos de su chaqueta había encontrado una tarjeta de visita y decidió presentarse con el nombre que leyó en la misma. Que también tenía su pizca de cachondeo.
— Soy el inspector Lestrade de Scotland Yard.
— Un placer, inspector. Por lo que veo, es nuevo en la ciudad. Normalmente los policías no suelen frecuentar demasiado Limehouse, y menos a estas horas de la noche. No es un barrio muy recomendable.
El sabueso había leído algunas de las novelas de Conan Doyle, de manera que le sonaba Limehouse: un barrio situado en el distrito de Tower Hamlets, al este de Londres, en la orilla norte del río Támesis, conocido históricamente por su pasado portuario, la comunidad china y el "barrio chino" original. O sea, un lugar con especial mala fama.
El comisario, acababa de llegar a Londres, pero hablarles de Barcelona no le pareció buena idea. España quedaba muy lejos de allí, en el tiempo y el espacio, de manera que por pura precaución, evitó mencionarlo.
— Me han trasladado recientemente desde Liverpool.
Fue lo primero que se le ocurrió, aunque enseguida se arrepintió.
— Pero sus padres no nacieron allí —replicó Holmes.
— Así es —se defendió el sabueso, aunque no hizo ningún esfuerzo por explicar que había nacido en Cataluña.
— Ya me parecía, dado que el acento de Liverpool se caracteriza por una entonación cantarina con altibajos, sonidos nasales y fuerte influencia irlandesa —señaló Sherlock al que por lo visto, no se le escapaba ni una.
Y antes de que le buscasen los tres pies al gato, se dirigió al otro hombre que no era tan alto como Holmes:
— Y usted debe ser el doctor Watson.
— ¿Cómo lo ha sabido?
Anglesola no supo que alegar, pero no importó. El doctor Watson se respondió así mismo:
— Supongo que ha leído alguno de mis artículos que publica la revista The Strand Magazine.
¡Elemental, querido Watson!, se dijo así mismo Arnau. Aunque todo aquello se parecía más a un mal sueño que a algo real. El golpe que se había dado en la cabeza debía estar influyendo de alguna manera. De eso no cabía la menor duda.
Y para no complicarse mucho más, prefirió no contradecir a la persona que decía ser John Watson.
— En cambio a ustedes sí que se les ve muy sueltos por esta zona de la ciudad —señaló Arnau.
— Vamos donde nos conducen las pistas en cada investigación —apuntó el doctor Watson.
— Resolvemos robos, desapariciones y cosas por el estilo. Y en esta ocasión estamos intentando dar con un joven que al parecer se ha dejado seducir por el consumo del opio —le reveló Holmes.
— Nos vendría de perlas que nos echara una mano. Podríamos necesitar a un guardián de la Ley —comentó Watson, aunque no lo decía muy convencido.
— Según nos comentó su padre —le ilustró Holmes mientras ajustaba su gorra de cazador de ciervos que tanto había popularizado el ilustrador Sidney Paget— El muchacho aspira a convertirse en un gran poeta.
— Los alucinógenos no favorecen la creatividad. En mi humilde opinión —aseveró el sabueso.
— Por supuesto, y alteran la percepción del tiempo, espacio y realidad —decretó el doctor Watson, que para eso era médico.
Él sí que estaba realmente alucinando en colores en aquel momento. Aunque lo peor estaba todavía por llegar.
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