ESTUDIO EN ESCARLATA marca el inicio de una de las amistades más célebres en la literatura universal: la del Dr. Watson, un médico veterano de las guerras de Afganistán, y el enigmático Sherlock Holmes, uno de los personajes mejor concebidos y más excén tricos de la historia literaria. Juntos, compartirán el emblemático piso del 221B de Baker Street.
De entrada, Sherlock fascina y repele: vanidoso, pagado de símismo, gozando de su aire de superioridad intelectual. Sin embargo, y por alguna razón, nosotros los lectores igual que el Dr. Watson terminamos por perdonario y quererlo. Holmes es una especie de genio loco. Lo suyo es la especialización, pero llevada esta a un extremo poco humano. No sabe de medicina, pero es un experto en anatomía, química y venenos. Mediante la simple observación resuelve casi todos sus casos. Sin embargo... ¡ignora que la Tierra gira alrededor del Sol! Nuestro buen Sherlock sufre periódicas y fuertes depresiones, de las cuales solo su amado violín puede sacarlo. Siempre solo, no conoce ni se permite el amor. Quizá considere que este sentimiento es poco científico.
ESTUDIO EN ESCARLATA no obtuvo gran éxito al principio, a pesar de su riqueza literaria. Sin embargo, tanto la acción detectivesca como la descripción de la desolada región de Utah, en la segunda parte, merecen elogios. Aquí, se presenta también un grupo de malvados sin escrúpulos: son mormones que han instaurado en Utah una dictadura teológica.
Las cosas cambiaron con los libros que le siguieron. Los lectores, al igual que Watson, terminaron por perdonar las excentricidades y la arrogancia de Holmes, e incluso llegaron a encariñarse con él. Conan Doyle se volvió, de la noche a la mañana, rico gracias a su cada vez más famoso detective. En resumen, Sherlock Holmes puede ser engreído y presuntuoso, pero inevitablemente todos lo amamos.
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